FISURAS

El recurso, otra vez, de beber una cerveza fría.

El sol me deslumbra desde el cielo: sus rayos, blanco sobre blanco, arrebatan y abruman, queman. Intento zafarme del sopor recordando viejos propósitos. Vine hasta el sur para que algunas promesas se cumplieran. Llegué sin nada. Ya, el escepticismo me ha desbordado: en realidad no sé si se han cumplido.

Apuro la copa. Percibo en la atmósfera -humanizada por el soniquete de una radio- las formas premiosas de los atardeceres de domingo. La insustancialidad desmedida de lo inagotable. Llevo conmigo unos papeles en los que desgrano mi historia. Están sobre la mesa, junto a la copa de cristal, asépticos, indiferentes al hecho de ser la prueba incriminatoria de mi culpa. No me resulta fácil creer en sus palabras. Pero tampoco parece sencillo engañarle a la razón y eso es algo que solemos hacer a menudo sin necesidad y sin arrepentimiento. Ahora no se me ocurre nada que contarles.

Podría, tal vez, hablarles de la lluvia, o repetirles cosas de ella y de su piel de pétalos... haga lo que haga van a negarse a responder. Creo conocer sus motivos. Por las tardes, al final de cada verano, se recluyen en una celda de desasosiego de la que los domingos es casi imposible sacarlos. Aunque tal vez... si todos juntos declaráramos otra vez nuestro amor por las que no nos quisieron, le cambiáramos el color al mar o pobláramos los cielos de naves del espacio repletas de luces... tal vez... quizás, entonces, les apetecería acompañarme hasta la playa a ver ponerse el sol.

Las exigencias del destino -mis ganas de burlarlo- me han traído, hoy, a este pueblo que carece, casi, de un nombre. Estoy, sigo, solo. Y en la prosecución universal de las fotografías -anales de la tristeza- no soy otro que ese hombre, sentado junto a una copa con restos blancos de espuma, que se ríe con ganas. A nadie le cabría sospechar, viendo mi gesto, que las orillas de arena húmeda que pisan los bañistas, el sol herido cayendo a lascas sobre sus casas, las alas crujientes de las mariposas de agosto, están embadurnándome el alma de pena.